Plan de tutoria de marzo a diciembre | año lectivo 2019




Una de las necesidades comúnmente identificadas a la hora de plantear una intervención formativa con soporte tutorial es la de contar con profesionales que monitoricen el aprendizaje de los contenidos específicos de la actividad en cuestión. La tutoría académica es, de las tres modalidades, la más similar al perfil docente “clásico”, pues el Tutor es el responsable de que los alumnos alcancen los objetivos establecidos para la unidad formativa de la que es responsable, e incluso debería ser él quien se encargara de su correspondiente evaluación.

El tutor no es (al menos no necesariamente) el autor de los contenidos didácticos de la materia que tutoriza, pero sí ha de poseer experiencia y competencia suficiente. Su misión va más allá de la exposición de la materia objeto de estudio, que generalmente ha sido elaborada por otros y aparece como “dato” al inicio de la unidad. De hecho, su misión comienza justamente después: él ha de adecuar la materia al planteamiento didáctico y el contexto formativo de que se trate (tiempo de desarrollo, composición de los grupos, coincidencia con otros contenidos, carácter teórico o práctico, especificidades del grupo de trabajo...), aplicar e incluso diseñar las estrategias necesarias para la consecución de los objetivos propuestos, programar las actividades y realizar su seguimiento, incluida la evaluación de las mismas. El tutor no es responsable de la materia que se imparte, pero sí del aprendizaje resultante.

Puesto que en eLearning no existe en general “tiempo docente”, las horas de clase magistral a las que el alumno asiste pasivamente en un contexto tradicional se sustituyen aquí por un “tiempo discente” de aprendizaje autónomo, lo cual incrementa el esfuerzo que el alumno ha de realizar. Además, en un modelo de formación en red de calidad, no sólo se exige un mayor esfuerzo por parte de los roles docentes, sino también por parte del estudiante. De hecho, la tutoría académica incide en un contexto de aprendizaje autónomo, exige más por parte del alumno, y convierte al docente (tutor, en este caso) en alguien que resuelve dudas, propone retos, estimula e invita al trabajo (con frecuencia colaborativo), orienta académicamente en la resolución de problemas, marca el ritmo de aprendizaje personal de cada miembro del grupo en función de su nivel de entrada y sus expectativas de salida. La labor del tutor consiste en el fomento de un aprendizaje autónomo e (inter)activo a la vez que cercano, individualizado, cálido, al objeto de lograr que su grupo alcance las expectativas deseadas en términos de contenidos, competencias, destrezas y habilidades.

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